El picotazo de Alvaro Tapias: Agricultores y consumidores conscientes
El negocio de la agroalimentación en España, asciende ya a la escalofriante cifra de más de 100.000 millones de euros. Supone una cifra entre cuatro y cinco veces el valor de la producción agraria. Es un importante negocio que vienen repartiéndose en los últimos años unas cuantas multinacionales extranjeras, junto con algunas, las menos, de origen y capital de nuestro país. Lo hacen frente a la pasividad y la falta de estrategia de una clase empresarial y política que cuando actúa no lo hace pensando en el largo plazo: una estrategia, para el país, perdedora.
Sé que estamos en un lento proceso de integración europea y en una rápida globalización del comercio mundial. No estoy fuera de este mundo, pero veo como muchos países, dentro de esta maraña de intereses comerciales, económicos y financieros, protegen y refuerzan sus industrias, sus sectores productivos y sus estructuras económicas.
España, me temo que en general, pero desde luego en el sector agroalimentario, ha sido sometida a una espectacular colonización.
No estoy obsesionado con la nacionalidad de las empresas, ni miro el mundo que me rodea envuelto en una bandera de mi país. Pero veo como, por ejemplo, una parte de la industria láctea prefiere comprar leche más cara fuera de nuestras fronteras antes de pagar precios de mercado a los ganaderos españoles, según la Comisión Nacional del Mercado y la Competencia (CNMC). Esas lógicas no están en el libre funcionamiento de las leyes de mercado, están en otro nivel. Están en el nivel del reparto del mercado, del reparto de la tarta económica entre colosos. Son guerras por el dinero y el poder que se dan al margen de productores y ciudadanos, aunque seamos luego los que de una u otra forma suframos las consecuencias.
El negocio de los productos lácteos y sus derivados asciende a más de 8.000 millones de euros en nuestro país “tiene pasaporte francés” y el volumen sigue creciendo. Recientemente ayudado por la bajada del euro ha entrado en escena un grupo norteamericano que, con la compra de Senoble, se sitúa así en el mercado nacional con fuerza, en el área de suministro de yogures y otros lácteos.
Nuestra industria remolachera ya no lo es; y la estrategia de sus dueños está llevando a la producción a un cuello de botella. La arrocera tampoco; la de cerveza, con su importante consumo de cebadas, tampoco. El tabaco, independientemente de donde se fume, genera empleo y riqueza donde se produce. Mucho saben de ello en la comarca extremeña de Talayuela. Pero con el asentimiento tácito de los políticos españoles, y en este caso con la ayuda de la Unión Europea, han condenado el cultivo a muerte.
La investigación agraria ni está ni se la espera. Parece que en el Gobierno se contentan con hacer algunas declaraciones en periodos preelectorales para vender logros minúsculos. La investigación y experimentación agraria la tenemos a un nivel tal, que si algún día se pusieran de acuerdo dos o tres países –entre ellos Holanda- para que desapareciera el llamado milagro Almeriense: aquí no se sembraba por falta de semillas y tecnología.
El aceite de oliva ha sido la última gran pérdida de una joya de la corona. En la mayor empresa de comercializacion del oro verde, la batalla se ha dado entre los grandes accionistas y fondos de inversión extranjeros que son los que finalmente se han llevado el gato al agua, en este caso, con la complicidad de algunos cooperativistas que van de listillos y algunos dirigentes agrarios puestos en el sector de mascarones de proa.
Las grandes cadenas de supermercados, cuya mayoría habla también francés, sigue devorando al comercio pequeño, consolidando sus marcas blancas (aunque ahora se ha detenido un poco ese proceso) y abriendo nuevos locales en grandes y medianas ciudades.
En este sector el dinero existe, el beneficio y el negocio por supuesto también; pero se lo están quedando otros. Aquí en España nos quedamos con el paro el sub-empleo y la pobreza.
Solo con unos productores y consumidores -a la postre también votantes- más informados y conscientes esta situación podría cambiarse. A mi juicio, no valen unas interprofesionales en las que están sólo los productores y la industria, ni mesas ministeriales de pantomima. Si la distribución, que tiene la sartén por el mango, y los consumidores -que podrían tenerla si se lo propusieran- no están presentes ¿qué adelantamos?. Mientras no se pongan encima de la mesa los costes de producción de todos los eslabones de la cadena y hablemos en serio de un beneficio lógico para cada una de las partes de la cadena que los consumidores puedan pagar, los eslabones más débiles no adelantaremos mucho. Es mas fácil de lo que parece conocer las calidades reales de los alimentos que se producen, cómo se realiza esa producción y elaboración, la procedencia de los productos y las razones reales de sus precios. Solo hay que querer hacerlo. A partir de ahí estaríamos hablando en serio.
Mientras eso llega -si somos capaces de construir sociedades que lo hagan posible- seguiremos como hasta ahora: unas cuantas multinacionales se disputaran la cartera de los consumidores españoles. Los consumidores no sabrán cuando se comen un yogurt procedente de añadidos de leche en polvo, lacto sueros y varios conservantes E… y un yogurt de leche fresca fermentada de la granja de un ganadero del pueblo del al lado, que pone su cara y su nombre y apellidos por su producto. Los agricultores y ganaderos, junto con nuestras cooperativas, nos seguiremos convirtiendo en trabajadores mal pagados por cuenta ajena, y lo seremos de unos amos que ni siquiera conocemos. Unos amos, que nos acabaran imponiendo lo que tenemos que producir, cómo tenemos que hacerlo, nos impondrán el precio de lo que necesitamos para producir- semillas, abonos, electricidad gasóleo, fitosanitarios y maquinaria- y el precio que nos pagan por nuestros productos.
A esto lo llaman mercado libre; a mí no sólo no me lo parece, sino que creo que “a la chita callando” nos llevan camino de la esclavitud. ¿Pensamos dejarnos?.







