Productores encadenados

agricultores-encadenados

José Manuel de las Heras Cabañas. Coordinador Estatal de Unión de Uniones

Ahora que finaliza el 2016 y solemos hacer balance, un capítulo especial lo merece la Ley de la Cadena Alimentaria, que ya cumple tres años desde que se aprobase. Los objetivos, en el momento de la firma, parecían muy claros: “mejorar el funcionamiento y la vertebración de la cadena alimentaria, en beneficio tanto de los consumidores como de los operadores que intervienen en la misma, garantizando a la vez una distribución sostenible del valor añadido, a lo largo de los sectores que la integran”.

Bajo la acepción de operadores se encuentran incluidos la industria y la distribución, pero también los productores, por si hubiera necesidad de aclararlo, ya que ese valor añadido, desde luego, no lo estamos viendo nosotros.

Sí. Conviene hacer una reflexión profunda sobre qué es lo que está ocurriendo. Y es que, en realidad, está pasando lo mismo que ya sucedía antes de la aprobación de esta ley y de las buenas intenciones que, en su día, se plasmaron en un papel.

Aunque sería injusto no reconocer que ha habido algunas mejoras, la situación en su conjunto, lejos de mejorar, ha ido empeorando. Si comparamos algunos productos de alimentación que llenan las cestas de la compra de miles de hogares, vemos cómo la distancia entre lo que se paga en origen y en destino es cada vez mayor, en muchos casos, se duplica o triplica sin una justificación objetiva.

Y al final, ganan siempre los mismos. Porque los consumidores tampoco se benefician. En este sentido, nuestra organización viene reclamando desde hace tiempo la urgencia, y la necesidad, de establecer una definición común de posición de dominio y sancionar a quienes manejan y cortan el bacalao a su antojo, abusando de los eslabones más débiles de la cadena.

Pero esto no ocurre, el tiempo apremia y nosotros seguimos con lo nuestro, viendo cómo grandes superficies lanzan campañas abusivas y venden como reclamo algunos productos presuntamente a pérdidas, mientras con el resto multiplican beneficios ante consumidores y productores indefensos y, además, engañados con lo que pone en la etiqueta si coges una lupa -si no, no lo ves- y lo que no pone y debería poner con claridad. Que no es que nosotros nos queramos meter en las estrategias de marketing de otros, pero es que no se puede ser tan hipócrita –hablando claro y pronto– y dormir tranquilos y esperar que nos quedemos todos callados, viendo cómo industria y distribución se nutren con prácticas irregulares a costa de productores y consumidores.

Al final, ellos persiguen sus propios objetivos comerciales y les da igual si en Navidad comemos cordero venido, ni más ni menos, de Nueva Zelanda, o de aquí al lado. Porque la proximidad parece que no va con su estilo y está reñida con sus objetivos. Debe ser por eso que ahora tendremos, por ejemplo, que importar más toneladas de mandarinas y naranjas de Sudáfrica y, además, en las peores fechas para nuestra producción nacional.

Lo que no entendemos entonces es por qué se firmó y se promulgó la ley. Quizá para dar sentido a aquella frase que nos han dicho alguna vez de “quien hace la ley hace la trampa”… pues debe ser que nosotros hemos caído en ella, y ahí estamos, encadenados y aceptando que nos pongan precio unas cuantas -muy pocas- mega-empresas a lo que compramos: piensos, semillas, abonos, tractores, energía eléctrica, gasóleo, etc, etc, y que otras pocas cada vez más grandes empresas, nos impongan los precios de aquello que vendemos: frutas, verduras, carnes, leche, cereales, vino, aceite…

Tienen mucho empeño en seguir llamando economía libre de mercado en este sector a algo que ya no lo es, porque en realidad no es más que un secuestro del mercado por unas cuantas empresas que imponen sus reglas y sus precios a productores y consumidores.

Y los agricultores y ganaderos aquí estamos, en una interminable espera de “a ver si me llueve”, “a ver si tengo buena cosecha y no baja el precio”, “a ver si me dan el crédito para cambiar el tractor”, “a ver si por fin me salen los ases de la baraja y gano una partida”. Pero en realidad, las cartas están marcadas y los ases ya los han cogido otros antes de empezar a jugar. Deberíamos todos los agentes implicados sentarnos a reflexionar sobre por qué la ley que debería resolver esto, no funciona o no lo hace todo lo bien que debiera, incluso en algunos casos ha conseguido el efecto contrario. Deberíamos averiguar quién está poniendo el palo entre las ruedas y por qué.

Solo desde una perspectiva global, integradora, con políticos honestos y humildes y al servicio de los ciudadanos -y no de agentes de los poderosos-, se puede conseguir un equilibrio que requerirá cambios legislativos para conseguir un verdadero reparto justo de las cargas y los muchos beneficios de la cadena alimentaria en el que todos obtengamos una parte del valor añadido en función del esfuerzo realizado, el riesgo asumido, consiguiendo además que los consumidores se beneficien del proceso.

Si no, la ley puede cumplir la mayoría de edad y seguir igual y nosotros condenados a desaparecer. Entonces se justificaría claramente que cada Navidad comiésemos corderos de Nueva Zelanda, naranjas sudafricanas, queso francés y vino chileno.

Etiquetas:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: